Un muy buen amigo me envió un texto old-school y recalcitrante, que data de varios años ya. Quisiera compartirlo con ustedes en un afán enteramente pictórico, como un "testimonio" de juventud. El escrito es de 2005, y es un extracto de un estudio sobre la modernidad en el desarrollo capitalista chileno, en el marco un curso sobre Historia Social de Chile dirigido por el profesor Gabriel Salazar.
En general cuando se trata de describir las clases, existe la clásica duda sobre si el proletariado es o no es una clase válida en este momento, y se articulan teorías desde la muerte del sujeto hasta el obrerismo inherente a las luchas de clases. Lo que me interesa es esbozar una teoría sobre la vigencia del proletariado como clase revolucionaria.
Y es bastante complicado definir exactamente qué es lo que es ahora el proletariado. El primer paso metodológico es realizar una aproximación al concepto de clase. Para Iasi, quien parafrasea a Marx, las clases son consolidación de perspectiva histórica, de alternativa histórica:
Marx creía que las clases se forman en la lucha contra otra clase en un bloque capaz de contraponer la otra clase presentando una perspectiva histórica. […] Marx no es un positivista, entonces no tiene una definición de clase “clase es… los propietarios y no propietarios de los medios de producción”. Este es uno de los aspectos de la clase. Las clases son sujetos sociales que se confrontan a otras clases sociales. Y en ese proceso de lucha se consolidan como alternativa histórica.
Empezando a hilar fino en esto, creo necesario “redefinir” al proletariado, y me refiero con esto simplemente a despojar de significaciones dogmáticas a éste y darle un significado algo diferente al clásico “no-propietarios de los medios de producción”. Debemos hacer también la salvedad de que todas las clases tienen sus particularidades, y lo particular, o más bien lo singular de esta clase, es nada menos que su papel de emancipador universal, como veremos posteriormente.
Me inclino a seguir en cuanto a una “redefinición” del proletariado los términos de Zizek, quien lo plantea como una subjetividad. Muchos abrazan al capitalismo tardío o pos-industrial como una instancia del desarrollo del capitalismo en que, como ya no hay trabajo real sino “obreros-simbólicos”, no hay contradicciones históricas. ¿Pero que pasa con los asalariados en general?
Si tomamos la definición de clase como consolidación de alternativa histórica, debemos volver a preguntarnos, ya no quien es proletariado en-sí, o quienes son estructuralmente proletarios, etc., sino que ¿quién estaría dispuesto hoy a ser proletario? Y en esa pregunta radica la definición correcta, a mi juicio, del proletariado como una subjetividad, y cuando esa subjetividad es autoconsciente se consolida como alternativa histórica e impulsa la emancipación de la humanidad a través de su autoemancipación conciente.
Así la pregunta por la clase revolucionaria, por el sujeto revolucionario moderno, se traduce en la búsqueda de quienes están dispuestos a jugar ese rol de transformación radical de la sociedad. Se subentiende el hecho de que una alternativa histórica es por defecto revolucionaria, pues una alternativa que no contenga como finalidad la transformación radical del manejo de las fuerzas productivas y su liberación del yugo de la propiedad privada, en verdad no plantea alternativa alguna. Una alternativa que no plantea una subversión total y una construcción de una nueva forma absolutamente diferente de sociedad, una crítica desde lo literario a lo político, desde la ecología hasta el cine, etc., transversalizando la idea de transformación radical de la economía, no es alternativa histórica, no es alternativa de nada.
No debemos dejar de tener presente para la construcción de la nueva sociedad el concepto de “negación de la negación”. Siguiendo la teoría de Hegel sobre superación de sistemas, el primer paso opera como el desborde negativo en cuanto contenido de un sistema en su forma actual, para luego dar el segundo paso de negar la forma misma de ese sistema. Es lo mismo que debe operar como programa político consciente de una alternativa histórica a fin de volcar su eficacia, pues de no buscar eficacia tampoco se le puede considerar tal sino más que un pataleo reaccionario pero jamás revolucionario.
De ahí el imperativo de Lenin de que la revolución debe golpear dos veces (v. gr. la revolución francesa, rusa, etc.) para cumplir realmente sus propósitos.
La distancia no es simplemente la separación entre forma y contenido. Lo que falta a la “primera revolución” no es el contenido, sino la forma misma; permanece atrapada en la forma vieja y piensa que la libertad y la justicia pueden lograrse sencillamente si utilizamos el aparato estatal ya existente y sus mecanismos democráticos. […] los partidarios de la “primera revolución” quieren subvertir la dominación capitalista dentro de la misma forma política de la democracia capitalista. Esta es la “negación de la negación” hegeliana: primero el antiguo orden es negado dentro de su propia forma ideológico-política; luego, esta misma forma tiene que ser negada. Aquellos que oscilan, aquellos que tienen miedo de dar el segundo paso de superar la forma misma, son los que (repitiendo a Robespierre) quieren una “revolución sin revolución” y Lenin despliega toda la fuerza de su “hermenéutica de la sospecha” para discernir las distintas formas de esta retirada.
El proletariado como subjetividad autoconsciencte debe ser en este proceso práxico de reconstrucción moral, intelectual, económica, política, etc., enteramente consecuente en cuanto a tener claro el hecho de que el juez inexpugnable de nuestros actos y teorías es la práctica, y que ni las más grandiosas teorías abstractas serán validas si no logran responder positivamente a tal corroboración.
No obstante la lucha no es enteramente subjetiva, sino al contrario, debe platearse la transformación radical de las actuales condiciones materiales y estructurales del sistema, a fin de superarlas. Sea el que fuere el programa de los sujetos revolucionarios modernos, deben estos ser capaces de dar el salto hacia lo irreversible y no “etapizar oportunistamente” el proceso de construcción revolucionaria, pues se caerá en la lógica de la “revolución sin revolución”.
El proceso revolucionario es esencialmente autónomo en el sentido que es producto del reconocimiento autoconsciente de objetivos políticos emancipatorios. Como al ser alternativa histórica, siguiendo la lógica de pretensión de totalidad, una clase como bloque se vuelve en detérmidado momento un sistema de verdad universal excluyente y antagónico desde todos los planos, así la revolución es validada como proceso no por referencia de otredad, pues para legitimarse se basta a sí misma.
En esto el sujeto revolucionario moderno, para ser tal y no un perro pragmático, debe llevar a cabo la cognición de reconocerse a sí mismo y ser para sí como sujeto crítico. Para Osvaldo Fernández
“el sujeto revolucionario de actor debe convertirse en sujeto, y para lograrlo […] debe tener conciencia de sí, desde el plano teórico filosófico hasta el plano ideopolítico y en general de las ideas.
La tarea histórica del sujeto revolucionario moderno debe ser, ante todo, la voluntad de remover la contradicción trabajo-capital y con ella la enajenación del esencial hombre genérico, y es el proletariado como subjetividad autoconsciente, como alternativa histórica, el que
al transformarse a sí mismo transforma a la totalidad del sistema capitalista.
En otro pasaje Osvaldo Fernández señala que
una vez que el sujeto revolucionario logre liberarse, emanciparse, universalizarse, […] al solucionar la contradicción trabajo capital, explotación del hombre por el hombre, […] descendería […] todo el universo de la ideología y las construcciones ideológicas a la tierra por si misma [sic], puesto que quedaría solucionada la enajenación o el movimiento de esa solución real de la práctica, entre el trabajo y el capital.
El sujeto revolucionario moderno, que es consciente de la necesaria radicalidad de sus posturas, y de su capacidad transformadora y autotransformadora y de planificación del hombre, es el real sujeto revolucionario, que
necesita autocomprenderse teóricamente como conciencia de sí para autoafirmarse.
Y es moderno en este sentido pues es capaz de invertir el naturalismo inherente del cogito cartesiano hacia la subversión incluso de la conciencia, la “falsa conciencia”, y de ese modo articularse como sujeto destructor-constructor y con pretensión de ser universal. Por otro lado, el sujeto revolucionario moderno, el proletariado, es el único capaz de concretar el proyecto de la modernidad, tendiéndole una mano epistemológica a fin de salvarle de un liberalismo que le castra sistemáticamente con su visión de mundo subordinada al capital-cafiche.
ZIZEK, Slavoj. Un Lenin ciberespacial: ¿por qué no?